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La Maestría en Ajedrez. Por Raúl OcampoEnviado por admin el Jue, 2008-05-22 12:33
Somos lo que repetidamente hacemos, la excelencia entonces no es un acto, es un hábito. Aristóteles. A muchos de los que aprenden a jugar ajedrez se les contagia una enfermedad, la necesidad imperiosa de jugar muy bien y ganar sus partidas. Un trastorno común, y sumamente grave. Contra toda objetividad, sin evaluar a posibles contrincantes y comparar su talento, disposición y condiciones, deciden los infectados que deberían de ganar, sin más argumento de que ese es su orden natural de cosas. Apenas saben de ajedrez, apenas se han asomado al inmenso pero particular mundo donde pululan otros seres como ellos, de ambición tan poco fundamentada de querer ganar cada partida. No falta un encaminador de almas que les hable de los libros de ajedrez y entonces empieza la interminable búsqueda del texto que sea como una piedra filosofal, que tenga el toque mágico que haga el prodigio de convertirlos en maestros de ajedrez, amos del tablero, al simple contacto. Poco a poco se dan cuenta de que no existe tal maravilla. A fuerza de derrotas, sinsabores y muchas cosas con un sabor amargo, van encontrando, en esos otrora amigos de papel, un objeto a quien echarle la culpa de los fracasos. Empiezan a desdeñar a autores y generalmente pasan de una ciega aceptación a una no más objetiva censura. Algunos comienzan a desencantarse y a creer que no hay manera de alcanzar ese futuro que sus sueños prometieran a sus ansias, como dice un tango. Hay quienes adquieren la costumbre de aceptar que una buena cantidad de jugadores, sobre todo los que son denominados maestros, los venzan con cierta regularidad. Pareciera que así deban ser las cosas. Conforme divagan por el mundillo del ajedrez, se topan inevitablemente con otros personajes. Los entrenadores de ajedrez. Los hay que son buenos y lo saben, los hay que son malos y lo saben, los hay que son malos y no lo saben, pero prácticamente no hay que sean buenos y no lo sepan. Pero hay uno que otro, sin embargo. Como en la prensa y en los grandes torneos ven que los entrenadores en su calidad de “seconds” se consideran imprescindibles para un gran maestro de éxito y que a muchos entrenadores, verdaderas escuelas vivientes del ajedrez, se les atribuyen gran parte de los éxitos de muchas maravillas juveniles del deporte ciencia, no falta quien los vea con ojos de quien mira al clavo ardiente de su salvación, a su “Niño Fidencio”, o a su hada madrina con cara de ruso y olor a tabaco turco. Inevitablemente cualquier leve contacto con uno de ellos trae aparejada una mejora en el jugador. A veces no tanto por lo docto del maestro, sino por la autosugestión del infectado. Aunque hay algunos que realmente si ejercen una influencia benéfica inmediata, por lo general, sucede solo si logran poner a trabajar duro a un infectado y entonces se producen aparentes milagros. Como todos pasamos por lo mismo, con diferencias solo en intensidades, a mi me dio por investigar que tantas maneras existían de hacer que un ajedrecista jugara mejor. Pronto se me hizo claro que en el ajedrez no ganan los que mas saben. Que no era cuestión de conocimientos. Pues a veces vi. a jugadores casi analfabetos funcionales vencer a académicos muy cultos. Muchas veces vi a jugadores que tenían amplios conocimientos de ajedrez perder ante otros que no habían estudiado ni libros ni teorías, pero en cambio si dedicaban mucho tiempo a su práctica. Pero también estos eran vencidos a su vez por jugadores que pocas veces jugaban partidas, que poco estudiaban, pero decían que “entrenaban” constantemente. Entonces el éxito en ajedrez no era por conocimiento, ni por práctica, sino por entrenamiento. Aristóteles decía que para aprender a hacer algo hay que aprender haciéndolo. O sea el acto repetido. Pero ¿Qué diferencia hay con lo que entendemos por practica?. Hay práctica de torneos, competencia, lo que se traduce en experiencia. Hay práctica jugando muchas partidas informales todos los días, lo que se traduce en cierta visión del tablero, pero parece que nada más. Hay también la práctica deliberada, limitada a analizar ciertas características de una partida, lo que se traduce en una habilidad desarrollada y en experticia. El acto repetido de hacerse preguntas y utilizando nuestro pensamiento crítico durante el estudio de la teoría, también es una práctica. Ahora si yo realizo una práctica deliberada y sistemática, constituida por muchos actos repetidos, se formarán primero unas costumbres y luego unos hábitos. Y yo quisiera interpretar la frase de Aristóteles de que somos lo que hacemos repetidamente y de que la excelencia es un hábito, como que formando hábitos positivos alcanzamos la excelencia y esta pasa inevitablemente primero por la maestría, si consideramos la excelencia como un nivel superior a la maestría. Entonces, la maestría se consigue adquiriendo hábitos. ¿Cuáles? No pocos libros han tratado el tema de que cualidades se necesitan para ser maestro de ajedrez y también han descrito lo que un gran maestro puede hacer y lo que hace habitualmente. Es maestro, básicamente, porque tiene el hábito de cometer pocos errores, o más bien, tiene hábitos que disminuyen la posibilidad de que cometa errores durante las complicaciones que suceden en una partida de ajedrez. Si comete pocos errores, quiere decir que actúa correctamente al jugar ajedrez. Si se le plantean problemas en las partidas los resuelve casi siempre sin errores, o al menos, en pocas ocasiones comete errores al resolverlo. El ser humano no ha hallado otra manera de actuar en situaciones complicadas con pocos errores más que utilizando métodos. Cada vez que se enfrenta a un problema utiliza un método pensado y diseñado a base de estudiar los patrones que rigen a las situaciones conflictivas. Al imaginar las vicisitudes que enfrentará en el futuro, se adelanta a los hechos, y con toda calma piensa, sin la limitante del tiempo de una competencia, como actuará si se le presenta tal o cual situación. Entonces inventa métodos y luego los utiliza llegado el caso y así evita que las emociones causadas por un conflicto repentino o un problema como los que suelen ocurrir en la vida y en el ajedrez, nublen su mente. Se ha preparado para actuar ante un problema, creando un método cuando tenía el cerebro frío y ha razonado y reflexionado serena y profundamente tal método durante mucho tiempo, y de esa manera tiene una gran ventaja actuar con un método sobre el actuar sin sistema, guiado por una mente apurada y con presión de poco tiempo para la reflexión. Los métodos muestran lo que hay que hacer y como hacerlo bien, siendo una guía invaluable en momentos de potencial confusión. Con métodos y con entrenamiento para llevarlos a cabo, el ajedrecista esta bien preparado y vencerá al que no tiene ni método, ni está entrenado para actuar. Ahora, que estar entrenado para llevar a cabo el método, significa que ha realizado ese acto muchas veces, o sea, ha ido formando una costumbre y luego un hábito en aplicarlo. Confuncio decía que mandar a un soldado a la guerra sin entrenamiento era como abandonarlo a su suerte. Entonces un jugador entrenado y con método, esta pertrechado para lo que pueda venir y no está inerme ante la fortuna. Ahora que, todo método requiere una cierta dosis de conocimiento y de habilidad. Entonces al definir nuestros métodos tendremos definidos los conocimientos necesarios. ¿Cómo definir el método? ¿Volver a buscar la piedra filosofal en forma de libro? Tenemos ya como factor clave del éxito la práctica deliberada,(con el razonar deliberado implícito), para formar hábitos, pero ahora necesitamos al guía, al mentor, al entrenador. Por supuesto que no a cualquier entrenador. Al que conozca métodos y sepa enseñar como aplicarlos. Suponiendo que tuviésemos la suerte de hallarlo, ya sea en vivo o por internet. ¿Eso es todo? Bueno, tenemos también que ir desarrollando nuestro entrenador “interior”, pero eso va aparejado con la práctica deliberada y el entrenador adecuado. También requerimos tiempo para que todo acto deliberado se convierta en hábito. La cantidad de tiempo dependerá de que tan ajeno sea el hábito que queremos inculcar a nuestra manera natural de ser. El talento también cuenta, pero no es decisivo. Más lo son las prácticas deliberadas y las ganas de llevarlas a cabo, nuestra fuerza de voluntad. Nuestra fuerza de voluntad dependerá de la fe que tenemos en nosotros mismos. En la seguridad de que podemos hacernos maestros. Si creemos que podemos ser maestros, o si creemos que no, en cualquiera de esas situaciones estaremos en lo cierto. Ahora bien, toparse con un entrenador en el momento oportuno, requiere de suerte. Así que la diosa fortuna también reclama su parte. ¿Qué se puede hacer sin algo de suerte? Afortunadamente depende de nosotros la suerte y no al revés. Si pensamos que las cosas irán mal, atraeremos los males, si no, lo más seguro es que actuemos con tesón y esfuerzo, lo que siempre atrae cosas buenas y fortuna. Y audacia, la audacia siempre atrae a la suerte. Entonces para ser maestro, necesitamos práctica deliberada, ya sea en entrenamiento o en competencia, formar hábitos positivos con ella, tener buen mentor, contar con tiempo para formar los hábitos, tener algo de suerte y tener mucha fe en uno mismo (la fe, en cualquier cantidad, nunca sobra). O sea que no depende de nada externo, pues hasta la suerte la podemos atraer nosotros, ni de cosas como donde nací, donde vivo, de que raza soy, y solo me queda una duda: ¿Depende de la edad? Como lo mismo se gradúan de gran maestro niños de 12 años, que adultos mayores de 50, aunque ambos casos sean menos numerosos que los graduados de mediana edad, tendremos que decir que puede hacer la cosa más fácil o más difícil la edad, pero no una barrera infranqueable ni para niños ni para viejos. ¿El genero entonces? Pues hay de todo, desde hombres, mujeres, etc. Siendo humanos, siempre se puede. Computadoras, dependerá del software y del hardware, e incluso el humanware. ¿Situación económica? Eso si, es bastante costoso. Se requiere apoyo o tener una familia económicamente estable, aunque no necesariamente rica. En resumen, con un buen método para desarrollar hábitos positivos, seleccionado por un buen mentor, con una buena dosis de autoestima y confianza en si mismo, con optimismo, con la fuerza de voluntad que se deriva de lo anterior, con regular base económica; y con fe, se puede llegar a ser maestro. El método es decisivo entonces. Porque, desgraciadamente, en muchos países hay deficiente metodología educativa o hay aceptable metodología pero mal aplicada, y en la mayoría de los casos no está enfocada para desarrollar hábitos positivos, sino más bien dedicada a comunicar información nada más, que en pocas ocasiones se puede considerar como “conocimiento”. El método debe tener ciertas características, como ser problemico, o sea basarse en resolver problemas, en tomar decisiones; ser interesante para estimular al pupilo, ser relevante para la tarea que habrá que desarrollar el pupilo y ser factible, no tener cargas demasiado pesadas, estar balanceado y considere los tiempos reales en que ha de llevarse a cabo y cumplirse. Pensándolo bien, Emmanuel Lasker tenía razón cuando decía que cualquier jugador podría llegar a ser maestro. ¿Y Gran Maestro?
MI Raúl Ocampo Vargas © Inicie sesión o regístrese para enviar comentarios | 957 lecturas
( categories: Ajedrez | Textos Libres )
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