bitácora de Alan Moore

El sueño de Casandra, de Woody Allen: En busca de un orden moral

Enviado por Alan Moore el Jue, 2008-02-21 19:32
“Es aburrida. El ritmo resulta excesivamente lento, monótono y distante. En ningún momento logra que el espectador se sienta conmovido por los dilemas que asedian a sus personajes. Recupera, apenas camuflada bajo un ligero barniz de Dostoievski , la misma historia de Delitos y faltas”. Esto es, palabra arriba, palabra abajo, lo que viene a decir buena parte de la crítica –y también del público- de la ya penúltima película de Woody Allen, El sueño de Casandra . Y esto mismo fue, curiosamente, lo que vine yo a opinar en su momento de la anteantepenúltima, la aclamada Match Point; unas observaciones que entonces nadie compartió conmigo, y que ahora, sin embargo… soy yo quien no comparte con los demás. Será que ando con la percepción cambiada, pero lo cierto es que a mi se me ha hecho ver en El sueño de Casandra todas aquellas virtudes que decían que adornaban a Match Point, mientras que todos los defectos que le quieren imputar a ésta yo se los sigo viendo a la otra. Sea como fuere, lo que no podrá negarse en todo caso es que la asociación de ambas no es en nada gratuita y sí que resulta por el contrario muy pertinente y adecuada, porque además de pertenecer, junto con Scoop, a la trilogía de películas que el director neoyorquino ha filmado en Gran Bretaña para la BBC, ambas constituyen y conforman también, unidas a Delitos y faltas, los cimientos fílmicos sobre el que Allen ha decidido asentar su visión particular sobre el problema de la moral.

Rocinante vuelve al camino, de John Dos Passos

Enviado por Alan Moore el Jue, 2008-02-21 19:23
Recuerdo que cuando leí por primera vez Manhattan Transfer, allá por la época en la que aun era joven y la vida se me imaginaba tan preñada de oportunidades e ilusiones (ay, que mal llevo los treinta) ya entonces me pareció una auténtica maravilla que bien merece figurar con todos los honores entre las mejores y más innovadoras novelas del siglo XX. Sin embargo, a pesar de mi entusiasmo inicial, han tenido que transcurrir generosos los años para que volviese a acercarme a la obra de Dos Passos y de paso –lo sé, me pierden estas gracietas sin ingenio ni gracia- reencontrarme con un autor genial al que no era de recibo mantener tanto tiempo en el olvido. Y es que envalentonado por la abundancia de tiempo que mi actual situación laboral me otorga, me he propuesto cumplir con alguna que otra vieja deuda literaria de esas que después, cuando me vuelvan a colocar el yugo en el pescuezo y el tiempo escaseé, estoy convencido que me voy a quedar con las ganas de saldar. Así que en esas ando ahora, dando cuenta de la trilogía USA, cuando, después de leer Paralelo 49 y 1919, y antes de iniciar El gran dinero, me he decidido a intercalar, un poco a la manera de descanso y por no salirme del mismo autor, el pequeño libro de viajes Rocinante vuelve al camino. Y hete aquí que sin esperar gran cosa me he encontrado con la más bella, lúcida y afilada reflexión que sobre España y la forma de ser y de sentir en español haya yo podido leer nunca. Lo cual, dicho sea de paso, tampoco es garantía de nada, porque la verdad es que es un tema que nunca me ha interesado demasiado y por tanto sobre el que apenas he leído. El caso es que el libro es tan hermoso que incluso ha sido capaz de hacerme sentir orgulloso por pertenecer a este país; a mí, que siempre he considerado –y no nos engañemos, sigo considerando- a cualquier forma de nacionalismo, incluido, por supuesto, al español, como la manifestación más peligrosa que existe del retraso mental profundo.

Con una voz llena de lirismo que tanto contrasta con la seca precisión de la trilogía USA, Dos Passos nos lleva de paseo –nada, tú sigue por ahí, que vas a acabar bien- por la España pobre y austera de los años veinte del siglo pasado, una España que sin embargo, y a pesar de su atraso secular, no le pierde nunca la cara a la vida y sabe reír y disfrutar con sus tradiciones y su filosofía vital. Esto es precisamente lo que más sorprende y admira al escritor norteamericano, esa otra forma de entender la vida tan alejada de la visión anglosajona que, como dice uno de los personajes con los que se encuentra en su andadura por nuestras tierras “sólo se preocupa de trabajar y descansar para volver a trabajar”. Por el contrario, la España que retrata Dos Passos es un país profundamente individualista y orgulloso que confía más en los frutos del genio improvisado que en las bondades de una ferrea organización social que a la postre se acaba mostrando siempre muy poco humana. Pero, aunque tampoco la rehuye, el escritor sabe ver más allá de la España folklórica y nos brinda, a través de sus encuentros azarosos y sus meditaciones sobre algunas de las figuras literarias más relevantes de la época, como Pío Baroja, Antonio Machado o Valle Inclán, una certera autopsia del sentir español que a mi se me hace difícil imaginar mejor ni siquiera en autores patrios. Porque a Dos Passos se le nota que no habla de oídas, sino que se ha recorrido de verdad nuestra geografía, que la ha observado atentamente y con cariño y que, además, ha meditado larga y profundamente sobre ella. Y aunque alguien más puesto en el tema que yo –o sea, cualquiera- podría seguramente oponerle serías objeciones, lo cierto es que la imagen que ofrece -ojo, sin esconder ni idealizar en ningún momento nuestras miserias- es tan hermosa que bien merece ser aceptada y tenida por verdadera. O por lo menos ser leída.

Jo, mira que si ahora me da por ver la luz y reconvirtiéndome a la fe verdadera, acabo votando al partido de las dos siglas idénticas. Dios me libre.

 

 

Niñatos, de Rick Veitch

Enviado por Alan Moore el Jue, 2008-02-21 19:16
¡¡¡Qué grande es Rick Veitch!!! ¡¡¡ Y qué grande su trilogía del superhéroe!!! Seguramente ninguno de los volúmenes que la componen sean auténticas obras maestras del género –excepción hecha, tal vez, del excelente El maximortal-, pero valoradas en su conjunto forman sin duda una de las sagas más sugerentes y estimulantes del mundo de los empijamados, con un nivel medio tan digno que otro gallo le cantaría al género si produjera más obras de esta calaña. Porque meditaciones profundísimas aparte, Veitch ofrece con ella toda una lección magistral de cómo el entretenimiento más puro no tiene porque sustentarse en el completo descerebramiento, en la renuncia absoluta a la posibilidad de ofrecer al tiempo una visión un poco más compleja, elaborada y crítica de lo que se cuenta, enriqueciendo de paso el resultado final. Es decir, y siempre en mi muy dudosa opinión, el gran mérito de Veitch aquí es haber conseguido sintetizar las pretensiones y deseos de gafapastas y pijameros, demostrando de paso que la perenne guerra civil entre aficionados al cómic, el cruel fraticidio que nos desangra, es enteramente innecesario y superable. Así quien se acerque a Niñatos –y ya por centrarme en la parte de la trilogía que se supone objeto de mi reseña- podrá deleitarse, si así lo desea, con las habilidades y proezas típicas de los supers en su épica cruzada contra todas las manifestaciones del mal, ya sea en forma de delincuentes comunes, padres porretas o villanos de pésimo gusto en el vestir. A quienes les vaya más la desmitificación y el esparcir un poco de mierda sobre las ideas puras, inmanentes y trascendentes, encontrarán motivos de disfrute en sus no menos épicos abusos de autoridad, drogas y sexo, que los convierten en verdaderos pozos sin fondos de vicios e indignidades. Por su parte, los más materialistas, los que gustan del análisis del contexto en el que se enmarca la obra, de la época en la que se sitúa y las condiciones de producción que la hicieron posible, esos disfrutarán sin cuento del retrato de las miserias por las que transitaba en los 80 la industria comiquera americana, capaz de todo por incrementar la ventas, o del envilecimiento de los lectores, ansiosos por encontrar nuevos estímulos en las páginas de sus héroes de toda la vida. Y ya por último, los gafapastosos, como se mua, hallarán también motivos suficientes para sesudísimas reflexiones en torno a la naturaleza del poder, a su innata capacidad para corromperlo todo; de cómo mata hasta las más nobles e inocentes ilusiones. En fin, que Niñatos, como la trilogía al completo, es disfrute para cualquiera; superhéroes para todos los públicos.

Puntuación :7

No country for old men: la violencia como forma de vida

Enviado por Alan Moore el Mar, 2008-01-15 20:04
He estado a punto de iniciar esta reseña escribiendo que me entusiasma el cine de los hermanos Coen. Sin embargo me acabo de dar cuenta de que aunque en general ninguna de sus películas me desagradan, en verdad sólo dos de ellas me entusiasman realmente: Muerte entre las flores y Fargo. A las que ahora debo añadir esta No country for old men, sin duda a la altura de las dos anteriores.

La penúltima obra de los Coen – la última, bien recientita, es Burn After Reading – aúna a un guión tan impecable como el de Muerte entre las flores una dirección sosegada y de corte tan clásico como lo fue la de Fargo. Esa es en verdad su principal baza: la cámara de Joel Coen da todo un recital de dominio de la narración, con un trabajo sobrio que huye de los efectismos en los que suele caer habitualmente su cine, imprimiendo a la cinta por el contrario un ritmo pausado que se apoya más en el sonido ambiente que en los diálogos, además de en la hermosa fotografía de Roger Deakins que sirve de fondo perfecto sobre el que se recortan las escenas de acción. Un contrapunto que hace aun más efectiva la constante irrupción de la violencia entre esos paramos polvorientos y solitarios, una violencia que se erigirá en protagonista inexorable del film. El hallazgo de un maletín con dos millones de dólares servirá de punto de partida para una historia de caza humana con la que los Coen quieren dejar clara su visión de lo que es la condición humana, en donde el hombre será siempre un lobo para el hombre. El guión, muy cuidado y muy ambiguo, que adapta la novela del mismo título de Cormac McCarthy (autor de, entre otras, la afamada Meridiano de sangre), apenas nos deja entrever las razones que conducen a semejante carnicería, sospechándose de fondo que, al final, no hay más razón para tan cruento ejercicio de violencia que la del egoísmo visceral, el ansia de dinero y poder; esa locura que no repara en medios para conseguir lo que desea. Una enfermedad del alma que es propiciada y alentada por los valores de un país, EE.UU., que predica el más radical de los individualismos, la ambición desaforada como motor de la sociedad y el ejercicio de la violencia –en defensa propia, dicen ellos- como derecho inviolable. Una violencia que asienta sus raíces en el propio origen del país, es decir, que más que ser circunstancial es constitutiva del mismo, tanto como para ser recogida y elevada a la categoría de forma de vida en su propia constitución.

Pero además de la memorable dirección y del guión impecable, No country old men destaca por sus soberbias interpretaciones, de entre las cuales yo me quedo, sin duda, y por encima del interesantísimo trabajo de nuestro Bardem, con la deslumbrante actuación de Josh Brolín, nada menos que el hijo de James Brolín, el protagonista de la televisiva e inolvidable Hotel. Sin menospreciar las ajustadas interpretaciones de Tommy Lee Jones y Woody Harrelson.

Total, una gran película.

 

Ikkyu

Enviado por Alan Moore el Mar, 2008-01-15 19:54

Mucho se está hablando últimamente del cada vez más apabullante dominio del manga en el panorama del tebeo. Mucho se está especulando sobre sus razones, consecuencias y posibles vías de solución, como si el hecho en sí planteara problema alguno. En mi opinión –nada autorizada- no estamos más que asistiendo al inevitable , natural y deseable liderazgo de la que es, sin duda, la industria del cómic más desarrollada del mundo y por tanto, la que está llamada por derecho propio a ejercerlo. Y es que por más vueltas que le queramos dar al tema, lo cierto es que hoy por hoy no existe otra industria que se le pueda comparar en ningún aspecto: ni en grado de aceptación dentro de su propio país, ni en dimensiones de producción, ni en diversidad de géneros y propuestas o en la calidad media de sus productos. En este sentido el tebeo japonés es el único que posee la estructura y organización necesarias para garantizar la creación regular y sistemática de obras de calidad sin tener que depender de la aparición de talentos individuales, esporádicos y aislados. Es decir, la japonesa es la única industria del tebeo en el mundo que ha alcanzado la plena madurez, lo que le ha permitido adquirir la tan necesaria carta de naturalidad que la sitúa a la altura de otras industrias más reputadas, como pueda ser, por ejemplo, la del libro convencional. Así que creo que lo más deseable sería, precisamente, tomarla como punto de referencia y tratar de seguir y aprovechar su ejemplo hasta donde las diferencias lo permitan.

Cosas que hacer cuando se visita la Rusia comunista: Tintín en el país de los Soviet

Enviado por Alan Moore el Mié, 2008-01-09 13:59

Hoy toca volver a mis muy abandonadas reseñas comiqueras y que mejor que hacerlo de la mano de una de esas rarezas a las que uno se acerca embaucado más por su incuestionable valor histórico que por los propios méritos artísticos que espera encontrar. Y es que nos hallamos ante la que a la postre resulta ser la primera aventura de uno de los iconos más universales del noveno arte; de su reportero –con permiso de Clark Kent- por excelencia; con el chico del tupe ingrávido y su inseparable perrito: con Tintín y Milú. Sin embargo no estaría bien afirmar que las gracias y rarezas de En el país de los Soviet descansan únicamente en su carácter fundador del mito; por el contrario encuentran nuevos alicientes en todas las circunstancias editoriales que rodearon y rodean al álbum: la primera aparición de Tintín no fue concebida como tal, es decir como un álbum cerrado, sino que nació a partir de 1929 como aventura seriada en las páginas de Le Petit Vingtième, el suplemento infantil-juvenil del periódico últraconservador y ultracatólico Le Vingtième Siècle. A resultas de su origen excepcional la historia cuenta nada menos que con cerca de ciento cuarenta páginas, es decir más del doble de las que tendrían a partir de entonces todos sus álbumes, siempre de sesenta y dos páginas. Pero sobre todo es una rareza porque el tebeo, olvidado sistemáticamente en las reediciones de la saga tintinesca, resulta prácticamente inencontrable, hecho que lo envuelve en un alo muy seductor.

Auschwitz, de Pascal Croci

Enviado por Alan Moore el Lun, 2007-11-19 14:10
Creo que fue William Styron quien, por voz de un personaje de su novela La decisión de Sophie, sentenció que cualquier obra relacionada con el holocausto judío está destinada al éxito. Y es que resulta difícil no sentirse atraído por uno de los episodios más crueles y sobrecogedores de la historia de la humanidad. Sin embargo, yo apostaría doble contra sencillo a que este Auschwitz de Pascal Croci no está precisamente llamado a engrosar la lista de obras memorables que tan delicado tema ha generado.

Croci, a diferencia de Spiegelman –la referencia es inevitable- apuesta por ilustrar su historia con un dibujo detallado y realista que logra imprimir a la narración un fuerte aroma documental. Desgraciadamente, también a diferencia de Spielgelman, estropea cualquier atisbo de veracidad y credibilidad, al menos en referencia a lo que cuenta, por culpa de un excesivo énfasis en los gestos de sus personajes, situación esta que hace de Auschwitz un molesto catálogo de rostros desencajados, de miradas fuera de orbita y bocas descoyuntadas; un subrayado de emociones sobreactuadas que para nada necesitaban unos hechos que por sí mismos son ya lo suficientemente elocuentes. Pero si esto no bastara, Croci es además incapaz de superar los clásicos tópicos del subgenero, llegando incluso a copiar -homenajear dirá él- directamente cosas de La lista de Schindler, como la viñeta del niño que profetiza cruelmente el destino de los judíos pasándose el dedo por el cuello. Y no es que uno esperara encontrar algo distinto –de qué puede sino tratar un album titulado como este- pero eso es una cosa y otra bien distinta es que todo, absolutamente todo te suene a ya visto, a sucesión de lugares comunes que no aportan nada. Ya sabéis a que me refiero: la traumática separación de las familias, el tiro en la nuca a sangre fría al judío que se revela mínimamente y exige no ser tratado como un animal, el Kapo que se aprovecha de su situación ventajosa o el horror de las duchas de gas. Y para mayor desgracia, la historia de la niña que sobrevive a aquellas, aun estando tomada de un testimonio real del documental ref="http://www.filmaffinity.com/es/film601295.html">Shoah, de Claude Lanzmann, resulta tan inverosímil que más que emocionar da risa. Por no hablar, que ya parece excesivo, de algún que otro monólogo sobre la naturaleza del odio que rechina a panfleto bienintencionado.

En fin, contadas así las cosas, parece difícil recomendar su lectura, pero ojo, el dibujo documental de Croci tiene la suficiente fuerza para compensar algunos –sólo algunos- de estos defectos y hacer que el sabor de boca final no sea del todo amargo. Es decir, que aunque definitivamente no os lo voy a recomendar, tampoco os lo desaconsejaré: haced lo que vuestro instinto os sugiera. Total, que os quedáis igual que antes de leer mi reseña; para que vayáis aprendiendo a seleccionar mejor lo que leéis.

Puntuación: 6

Algo está cambiando

Enviado por Alan Moore el Mié, 2007-10-10 21:17

Algo está calando. Muchos hablan y mucho se habla, entusiastas e ilusos siempre, de la progresiva normalización y asimilación del cómic en la cultura oficial. Se aportan, incluso, pruebas que lo demuestran feacientemente y a las claras; páginas culturales de periódicos, entrevistas telepasivas, la mirada académica y grave de la Universidad posándose sobre el medio. Y con eso y con todo y con lo demás, incluso con todo eso y con todo lo demás y con todo todo, para alguien de provincias muy provincias no pasa de ser más que comidilla de blogs interneteros, porque la realidad aquí es que la normalización avienta exigua. Los clásicos, y aun las novedades, sólo se ponen a tiro de ojo a través de las comiquerías digitales y cualquier otra forma de relación con el tebeo que trate de asemejarse y amancebarse con la del libro tradicional es simple quimera, cisne negro que, dicen, haberlo hailo, pero que por aquí no lo ha visto ni el que asó la manteca.

Pero... ¿de qué diablos va Watchmen?

Enviado por Alan Moore el Vie, 2007-08-31 12:36

Hace tiempo que, impulsado por mi natural modestia, quiero escribir algo radical y novedoso sobre Watchmen, algo que se constituya en la lectura definitiva del tebeo. Pero lo cierto es que ni poseo ese enfoque ni creo siquiera que pueda decir algo al respecto que no se haya dicho ya de forma más profunda y mejor. Así que lo he ido dejando estar y me he resignado a no escribir nada. Sin embargo últimamente me he encontrado con una cierta forma de leer y entender Watchmen que se está convirtiendo casi en un canon, casi en una de esas verdades reveladas que se aceptan sin necesidad de meditarlas, sólo porque la repiten el suficiente número de gente, o porque la defienden las personas adecuadas, a saber, que Watchmen es sólo un intrincado artefacto narrativo de suma perfección formal pero de argumento mínimo, prácticante inexistente; apenas una débil excusa para levantar tan monumental estructura. Vamos, que es forma sin contenido, porque de verdad de verdad, Watchmen no va de nada.

Y lo siento, pero frente a tan inaceptable afirmación (sobre todo porque es una exageración mía un tanto demagógica) no puedo permanecer callado; Watchmen no sólo no va de nada, sino que si es tan complicado identificar su argumento principal es precisamente debido a su complejidad temática: el cómic no tiene un motivo primordial sino que gira en torno a varios ejes que difícilmente admiten esa jerarquización que permita decir que va de esto o de lo otro: la verdad de Watchmen es que va de muchas cosas.

Así que, ya que no puedo escribir nada original, trataré al menos de hacer una enumeración de todas esas temáticas de las que habla la obra maestra de Moore y que en algún que otro momento han sido ya señaladas como “su verdadero significado”. A ver si así logro que nunca más se diga que eran pocas las nueces para tanto estruendo. Vayamos con ello:

 

Arkham Asylum, de Grant Morrison: Batman es sólo un hombre

Enviado por Alan Moore el Vie, 2007-08-31 11:37

Me gusta ese tipo de relato psicológico que bucea en las profundidades de la mente humana para intentar traer a la superficie los verdaderos anhelos y deseos que todos ocultamos bajo la falsa piel de apariencias y autoengaños. Pienso que es esta una de las más elevadas misiones a las que el arte, practicado con honradez, puede aspirar. Sin embargo también creo que, al tiempo, es uno de los terrenos más complicados y peligrosos sobre el que el artista pueda transitar, pues no es difícil, ni siquiera infrecuente, que en el afán de profundizar demasiado acabe despeñándose en los abismos de la estupidez y la pedantería. O sea, como el Morrison en Arkham Asylum. Aunque, por lo poco que le he leído al escocés (apenas esto y   El misterio religioso), empiezo a sospechar que este señor no es que se nos haya caído en tan deplorable barranco, sino que nació, se crió y vive, muy a gusto, allí. Vamos, que me ha parecido un tebeo insoportable, pretencioso y vacío como no leía ninguno desde el Dr. Inugami de Maruo. Pero vayamos con el argumento.

Los locos de Arkham se han levantado en armas y ahora controlan, con el Joker a la cabeza, la legendaria institución psiquiátrica amenazando con despellejar a todos los trabadores del lugar si no se cumplen sus demenciales reivindicaciones, es decir, si no les sirven en bandeja de plata a Batman. Y Batman, que para eso le pagan, presto se apresta al juego. Pero que conste que no lo hace por altruismo o porque quiera salvar la vida de los pobres inocentes allí retenidos; no, no, por eso él ni se molestaría, él va porque teme que “cuando entre en Arkham y se cierren las puertas tras de mí, sea como llegar a casa”. Vamos, que lo único que le importa es comprobar si está o no loco. Lo cual, en vista de cómo viste y de la profundísima razón que ha encontrado para encerrarse con los más exquisitos psicópatas de Gotham, tampoco es que debiera provocarle muchas dudas. En fín, pues eso, que allí se aventura, feliz, Batman a la casa de los locos.

Mientras tanto, la narración, en una impresionante alarde técnico de Morrison, se desdobla y nos cuenta el origen del asilo y la suerte de su fundador, Amadeus Arkham, un personajillo acuciado por el estado de demencia en el que murió su madre y la sospecha y el miedo de haber heredado su mismo mal. Así que para distraer la mente al bueno de Amadeus no se le ocurre otra cosa que inaugurar un sanatorio mental. Y no crean que no le funciona el truco, pues tan distraído anda en estas labores que ni presta atención cuando le comunican que un peligroso psicópata, al que trató en el pasado, ha escapado en la vecina Metrópolis. La consecuencia de tan execrable dejación del deber es, inevitablemente, la violación y muerte de su mujer e hija (a qué me suena esto, tío Ben). Pero el hombre, muy profesional, no deja que este percance destruya su proyecto y finalmente consigue abrir las puertas de Arkham Asylum. Después quema al asesino de su familia y se vuelve tan majara que le acaban por dar su propia habitación en Arkham...

 

A todo esto, Batman y los internos deciden entretener las horas jugando al escondite, lo que pone al hombre murciélago a límite de sus fuerzas –recordemos que él nunca tuvo infancia y por tanto no está acostumbrado a estos trotes- y de paso sirve a Morrison para descubrirnos que, pásmense, el enmascarado no es más que un hombre. Sí, sí, no es un murciélago gigante superinteligente, es sólo un hombre; como una cabra, pero un hombre. Porque esa es la otra profundísima conclusión a la quería llegar el genio escocés; que el bueno de Wayne esta para internarlo en Arkham y tirar las llaves donde ni Salinas las pueda encontrar. Algo que no termina por suceder, pues al fin y al cabo, a qué darle tanta importancia si en verdad todos estamos como un cencerro. Y tú que lo disfrutes con salud (mental), Grant Morrison.

origen XML