bitácora de Alan MooreGustavo Bueno, ese prohombre de izquierdasEnviado por Alan Moore el Vie, 2007-08-31 11:10
Miracleman, de Alan MooreEnviado por Alan Moore el Mié, 2007-08-08 21:36
Supongo que a estas alturas de la película ya todo el mundo sabe que Miracleman -Marvelman originariamente- nació en el Reino Unido, allá por la década de los cincuenta, bajo la influencia profunda –vamos, plagiado con poco disimulo- del antiguo Capitán Marvel –después Shazam- que a su vez se inspiraba, de una manera igualmente profunda y poco disimulada, en el propio Superman. Sus aventuras, que participaban de ese carácter infantil tan típico de los cómics de la edad de oro, se prolongarían hasta 1963, año en el que la colección cerraría pasando a engrosar el limbo de los superhéroes olvidados. Y allí permanecería hasta que en 1981 el genial barbudo decidió recuperarla para dar inicio con ella a lo que podríamos denominar como su trilogía de la desmitificación del superhéroe, trilogía que completaría con V de Vendetta y Watchmen. El país de las últimas cosas, de Paul AusterEnviado por Alan Moore el Lun, 2007-07-02 21:55
Los aficionados al cómic solemos tener la mala costumbre –yo mismo he caído frecuentemente en la tentación- de pretender elogiar al medio, cuando nos encontramos ante una obra más compleja y elaborada de lo habitual, otorgándole el dudoso privilegio de merecer la comparación con la novela, asumiendo de esta manera implícitamente dos realidades que no queda muy claro en base a qué es necesario asumir, a saber, que toda novela es siempre compleja y que toda novela esta siempre mejor elaborada que un cómic. Sin embargo, curiosamente, a nadie le da por decir, y sería exactamente el mismo tipo de estupidez, que aquél bien podría ser de igual manera considerado como una auténtica película, tal vez porque son tantas las malas películas que todos conocemos que aquí se nos hace más evidente el hecho de que eso no implica necesariamente una mayor calidad, ni aun siquiera un elogio para el propio cómic. Pues bien, por llevar un poco la contraria, y sin que pretenda insultar a nadie, empezaré mi reseña de El país de las últimas cosas defendiendo que nos encontramos ante una novela que sin duda merece ser comparada con un auténtico tebeo. Al menos con alguno de esos típicos tebeos en los que se hace la recreación de una sociedad post-apocalíptica al borde de la extinción, del tipo de Akira o El último recreo, es decir, de una sociedad en descomposición donde toda forma de organización estructurada ha sido borrada por completo para dar paso a la más elemental y anárquica lucha por la supervivencia. Bienestar insuficiente, democracia incompleta, de Vicenc NavarroEnviado por Alan Moore el Mar, 2007-06-19 18:43
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Hoy, Júpiter, de Luis LanderoEnviado por Alan Moore el Mar, 2007-06-19 18:34
Que gran verdad es esa que afirma que los artistas hacen y rehacen siempre la misma obra, (y no sólo los artistas; yo siempre hago, sin ningún arte, la misma reseña) por más que varíen las formas, los detalles o las tramas. Algo que en el caso de Luis Landero resulta especialmente evidente: desde Juegos de la edad tardía, su primer libro, las novelas del extremeño han tenido siempre la pretensión de trazar el mapa de esa difusa región de la vida en la que realidad y ficción se confunden indisolubles; de delinear la cartografía fantástica de esa tierra en la que sueño y vigilia son sólo nombres distintos de un mismo hecho. Pero además, a esta constancia temática, en Landero habría que añadir ese gusto tan suyo por los personajes frágiles y marginales que no acaban de encajar en la realidad que les ha tocado vivir; unos personajes que invariablemente se refugian en el confort de un mundo imaginario creado a medida y que indefectiblemente termina por colisionar con el real, componiendo ese choque el auténtico motor de sus historias. Y por supuesto, y es lo que realmente lo define y da a sus novelas ese sabor tan reconocible, están siempre revestidas por el colorido y la calidez de la que es posiblemente la mejor prosa del momento en España.
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300, de Zack SnayderEnviado por Alan Moore el Mar, 2007-06-19 18:27
Empecemos haciendo un poco de memoria: defendía yo, con motivo del estreno de V de Vendetta, la necesidad de que las adaptaciones cinematográficas se independizaran de sus fuentes primarias, de forma que pudieran constituirse en obras con identidad propia capaces, incluso, de matar al original. Sobre todo habida cuenta de la imposibilidad, sino de la estupidez misma, que supone intentar copiar literalmente lo que se ha hecho en un medio de expresión diferente, con sus recursos, necesidades y ritmos también diferentes. Claro que esto era antes de las traslaciones a la pantalla grande –ya no tan grande- de los cómic de Frank Miller, empeñadas de alguna u otra manera en demostrar que las distancias entre el noveno y el séptimo arte, esos dos artes de nada, son perfectamente salvables. Y puede que esta vez hasta tengan razón. Después de todo, tanto Sin City como 300 son obras de una concepción marcadamente cinematográfica e incluso palomiteras. Y si no me creen, fíjense en esta última, con su formato cinemascope y todo. Así las cosas, creo que si alguna deficiencia muestran ambas no es otra que la endeblez de los originales: la saga de Sin City es el fondo –y en la forma- la misma chorrada tontorrona que se ve en la película. Y 300 tres cuartas partes de los mismo. Lo cual, claro esta, no es una disculpa: de un mal original también se puede sacar una excelente película. Pero no es la cuestión; en nuestro caso habremos de conformarnos con hablar simplemente de buenas adaptaciones. Porque eso es 300, una buena adaptación del cómic y poco más. Buena porque en mi opinión sí alcanza a transmitir a los espectadores esa sensación de épica desaforada y –reconozcámoslo también- algo descerebrada que constituye la base y el sustento del relato de Miller. Además lo hace sin perder por el camino la fuerza visual y estética del cómic. Aceptado esto, carece por completo de sentido discutir la fidelidad histórica del film –repito, es una adaptación de la novela gráfica de Miller, no de un hecho histórico- o su discutible – sino detestable- ideología. Porque la propuesta de Snayder es además tan exagerada e intencionadamente irreal que pretender hacer ninguna lectura relacionada con la realidad es simplemente una estupidez y una perdida de tiempo. Tanto como querer criticar, por ejemplo, al realismo mágico porque en la vida real las niñas no puedan alimentarse de cal y tierra o las mujeres hermosas ascender a los cielos en cuerpo y alma. A lo más se puede renunciar a entrar en su juego y aquí paz y después gloria.
La guerra de las trincheras, de TardiEnviado por Alan Moore el Mar, 2007-06-19 18:20
Si hace unos días y unas entradas hablaba de la necesidad de revisar mi listado de decepciones tebeísticas, ahora debería en justicia decir lo mismo del de mis tebeos favoritos. Porque si he de ser sincero –y supongo que he de serlo- pocos son los cómics de entre todos los que he tenido oportunidad de leer en mi vida que superen en calidad a La guerra de las trinchera. O incluso siquiera que lo igualen. Como pocas son las ocasiones en las que se puede encontrar una simbiosis tan perfecta entre texto y dibujo, rayando ambos a un altísimo nivel sin obstaculizarse por ello ni hacer cada uno la guerra –de las trincheras- por su cuenta. En este sentido debo reconocer que la obra de Tardi me ha sorprendido grata y profundamente por partida triple:
Elektra lives againEnviado por Alan Moore el Mar, 2007-06-19 18:12
Reconozco que la figura de Miller siempre ha suscitado en mí sentimientos encontrados y difícilmente reconciliables. Por un lado, me aburre y me cansa ese gusto casi obsesivo por la épica desaforada e infantil en la que tanto inciden sus tebeos. Por otro, admiro su inquietud artística y su constante búsqueda de nuevas formas expresivas.
MW: La fascinación por el malEnviado por Alan Moore el Mar, 2007-06-19 18:05
Reconozcámoslo: la fascinación que ejerce sobre nosotros Rajoy y sus correligionarios del PP es de la misma naturaleza que la que siempre ha ejercido el mal sobre el ser humano y que yo sintetizaría en la pregunta ¿es el mal -y sus representantes- tan perversamente puro en su maldad como aparenta o posee un conocimiento más profundo y verdadero de la realidad que le permite ver algo esencial que a los bienintencionados nos está vedado y que de verlo haría que nosotros también nos pasáramos al lado oscuro de la fuerza? ¿Tiene razón la maldad o es la maldad su única razón? Pues en la dilucidación de esta espinosa cuestión parece embarcarse Tezuka en MW. Y digo parece porque tras sus casi 600 páginas repletitas de todo tipo de truculencias y –permítaseme el exabrupto: hay ocasiones en que las palabras vulgares son también las más precisas- cabronadas varias, no hay en verdad otra razón de ser que la de querer demostrar que el dios del manga puede hacer algo más que obras infantiles y que es capaz también de plantear durísimas denuncias en las que airear sin tapujos los trapos más sucios de la sociedad. Desgraciadamente el intento no cuela porque se le ve demasiado el plumero: en ningún momento Tezuka tiene clara la motivación de su personaje y se dedica a improvisar sobre la marcha una posible respuesta que oscila entre la ausencia de una justificación, es decir, de la maldad por la maldad, y la justificación a través del rencor y la venganza. Sin embargo, como ya he dicho, ni una ni otra propuesta consigue convencer y provocan la sensación, tan habitual en el mundo del cómic cuando se pretende que alcance la madurez a las bravas y por las malas –sí, sí, estoy pensando otra vez en Predicador de Ennis- de que la sucesión de robos, secuestros, asesinatos, violaciones, torturas y manipulaciones es completamente gratuita y arbitraria. Y en el fondo, igualmente infantil. Además la obra se ve muy perjudicada por la torpeza de unos diálogos maniqueos que rozan la estupidez , que para nada ayudan a la credibilidad de lo que se cuenta y que además atenúan los puntos fuertes habituales de Tezuka: la narración y el dibujo de personajes parecen más torpes de lo que sin duda son.
Stuck Rubber Baby, de Howard CruseEnviado por Alan Moore el Mar, 2007-06-19 17:34
Bien, vale, pero…¿qué tiene todo esto que ver con Stuck Rubber Baby de Howard Cruse? Pues muy sencillo: tengo la impresión de que en el mundo del cómic el equivalente a la fórmula: Holocausto judío = éxito de crítica y público es: Obra realista y/o socialmente comprometida = éxito de crítica y público. Es decir, obras como Stuck Rubber Baby, verbi gracia. Por ello confieso que inicié su lectura con la suspicacia de quien teme que las estupendas críticas recibidas estuvieran fundamentadas en cierta medida en esta misma razón. Sin embargo nada más alejado de la realidad: Stuck Rubber Baby es una de las novelas gráficas más sólidas y bien escritas que yo recuerde haber leído en mucho tiempo –y si mirais mis últimas reseñas podréis comprobar que últimamente he estado leyendo a Moore, Sacco o Sampayo- siendo, además, dentro del mundo del cómic de las pocas que por complejidad y profundidad funcionan verdaderamente como tal en todos los sentidos, es decir, como una auténtica novela. En ella Cruse recrea con minuciosidad la idiosincracia de ese sur profundo norteamericano que en la década de los sesenta, durante la era Kennedy, sufrió los violentos choques entre quienes lucharon en defensa de los derechos civiles y la apertura a la modernidad y aquellos que deseaban perpetuar el estado de las cosas, bien en beneficio propio o bien en nombre de la tradición y la identidad –triste identidad- colectiva de un pueblo. Negros, gays, lesbianas o simplemente mujeres oprimidas se dan cita en las páginas de Stuck Rubber Baby para componer un hermoso canto a la libertad y a la diversidad de estilos de vida. Pero además, Cruse enriquece su novela gráfica contraponiendo a estas luchas colectivas los conflictos internos de un individuo que, más allá de la comprensión del resto de la sociedad, necesita, en primera instancia, lograr aceptarse en su verdadera identidad. Porque al fin y al cabo es precisamente ahí donde reside la clave del, en opinión de Borges, desmedido aprecio de nuestra sociedad por la libertad: sin ella es imposible manifestar y desarrollar la verdadera identidad, sin ella no se puede aspirar a descubrir esa forma de ser que es propia de cada uno, que nace de las vísceras, que es más fuerte que cualquier condicionamiento social o cultural y es condición sine qua non, en definitiva, para lograr la felicidad. |
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