El sueño de Casandra, de Woody Allen: En busca de un orden moral

Enviado por Alan Moore el Jue, 2008-02-21 19:32
“Es aburrida. El ritmo resulta excesivamente lento, monótono y distante. En ningún momento logra que el espectador se sienta conmovido por los dilemas que asedian a sus personajes. Recupera, apenas camuflada bajo un ligero barniz de Dostoievski , la misma historia de Delitos y faltas”. Esto es, palabra arriba, palabra abajo, lo que viene a decir buena parte de la crítica –y también del público- de la ya penúltima película de Woody Allen, El sueño de Casandra . Y esto mismo fue, curiosamente, lo que vine yo a opinar en su momento de la anteantepenúltima, la aclamada Match Point; unas observaciones que entonces nadie compartió conmigo, y que ahora, sin embargo… soy yo quien no comparte con los demás. Será que ando con la percepción cambiada, pero lo cierto es que a mi se me ha hecho ver en El sueño de Casandra todas aquellas virtudes que decían que adornaban a Match Point, mientras que todos los defectos que le quieren imputar a ésta yo se los sigo viendo a la otra. Sea como fuere, lo que no podrá negarse en todo caso es que la asociación de ambas no es en nada gratuita y sí que resulta por el contrario muy pertinente y adecuada, porque además de pertenecer, junto con Scoop, a la trilogía de películas que el director neoyorquino ha filmado en Gran Bretaña para la BBC, ambas constituyen y conforman también, unidas a Delitos y faltas, los cimientos fílmicos sobre el que Allen ha decidido asentar su visión particular sobre el problema de la moral.

Articuladas mediante un esquema argumental muy similar, los protagonistas de las tres películas, exigidos por los acontecimientos y las consecuencias derivadas de sus propias debilidades, se verán obligados a aceptar el más execrable de los crímenes, el asesinato, como única forma de salvaguardar del naufragio sus correspondientes mundos, y con ello, sus comodidades, sus ambiciones y sus más inconfesables deseos. Es decir, lejos de estar dispuestos a aceptar la penalización que acaso les corresponda en justicia por lo que hasta ese momento podríamos considerar como simple faltas, prefieren dejarse arrastrar y cruzan la difusa, pero siempre implacable, frontera que los adentra de lleno en el crimen horrendo. Este punto de partida, prácticamente idéntico en las tres películas, servirá para que Allen nos planteé la que para él es la cuestión fundamental en torno al tema de la moral, a saber, ¿quién, y de qué manera, castiga el crimen? Porque si el crimen no es castigado de ninguna forma, si no existe un orden moral en donde "los virtuosos sean premiados y los perversos castigados eternamente", entonces cualquier acto, en función de sus réditos, puede llegar a ser perfectamente asumible.

Para dar respuesta a tan urgente cuestión el director judío se propuso explorar tres caminos que, a pesar de sus evidentes diferencias, bien pueden ser aceptados, cada uno a su manera, como una alternativa viable en la que fundamentar una concepción ética de la existencia. Así, en la primera de ellas, Delitos y faltas, Allen buscará este fundamento en el orbe religioso, en donde el miedo a Dios -“nada escapa a los ojos de Dios”, le enseñan en su infancia al oftalmólogo que interpreta Martin Landau- debería suponer el freno necesario que evite el crimen. De hecho, todas las dudas que atormentan a Landau tras el asesinato de su amante pasan exclusivamente por el retorno a una fe religiosa que hasta entonces había permanecido ignorada aunque latente –“es que creo en Dios... estoy seguro; sin Dios el mundo es una cloaca”- y por el consecuente miedo a los efectos que dicha infracción de la ley divina le puede acarrear. Sin embargo, pronto comprueba que, a pesar de sus temores religiosos, llega una mañana en la que "despiertas, el sol brilla, toda tu familia te rodea y como por encanto, la crisis ha pasado”, es decir, tarde o temprano acaba comprendiendo que no es precisamente Dios quien va a castigarle. Es más, incluso prospera. Y a esa misma conclusión nos lleva Allen, la de la insuficiencia de esta vía para forjar esa estructura moral que haga habitable el mundo.

 

Bien, descartado Dios no queda más remedio que buscar la justicia dentro de los límites de la ley humana. Así en Match Point no será el miedo metafísico a la ira de Dios lo que preocupe y persiga a Jonathan Rhys Meyers, sino los muy mundanos, e incluso algo vulgares, inspectores de Scotland Yard. Sin embargo, en este universo sin creador, en el que los acontecimientos no tienen porqué rendir pleitesía a ningún plan trazado por una conciencia superior con capacidad de hacer distingos morales, el castigo de los culpables queda inevitablemente y en gran medida supeditado a los incoherentes caprichos del azar. “La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte…En un partido hay momentos en el que la pelota golpea en el borde de la red y durante una fracción de segundo puede seguir hacia adelante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte sigue adelante y ganas; o no lo hace y pierdes” Y si a la suerte, que es completamente ciega a cualquier consideración de orden moral, le da por ahí, nada podrá impedir que los criminales salgan triunfantes y acaben brindando felizmente, como nuestro Rhys Meyers, por el futuro de sus sobrinos.

 

Entonces, una vez comprobada la falibilidad de las propuestas analizadas, ¿dónde más podremos seguir indagando en busca de ese significado moral de la existencia? Aquí es donde entra en escena El sueño de Casandra para ofrecernos la única respuesta que le queda a Allen tras los fiascos anteriores: lo que no puede garantizarnos el silencio de Dios, lo que a veces no puede darnos la ley humana, frecuentemente maniatada por el azar, tal vez sólo pueda asegurárnoslo la conciencia moral de los individuos. Porque en una sociedad moralmente sana, de individuos libres que aceptan que “somos nosotros quienes hacemos nuestro destino” y que en consecuencia se sienten plenamente dueños y responsables de sus actos, estos deberían admitir, incluso sin coacción divina o humana, las consecuencias de sus errores. Y si el error es demasiado horrendo, entonces no podrán integrarlo con naturalidad dentro de su proyecto vital porque "aquello que se origina de una negra acción aflorará de una forma repugnante". Es decir, como le sucede al pobre de Colin Farrell, para el que, ante la magnitud de su delito, no puede ni debe existir ese día en el que "te levantas y el sol brilla, te rodea tu familia y la crisis ha pasado” A diferencia de su hermano, interpretado por Ewa McGregor, o de los personajes de Landau o de Rhys Meyers, él no trata de atenuar la insoportable carga de su conciencia convenciéndose de que en ningún momento tuvo elección, o de que lo realmente injusto hubiera sido aceptar que sus vidas se hubiesen ido al garete por faltas tan insignificantes. Por el contrario, la gran desgracia de Farrell es haber comprendido con demoledora lucidez que “siempre se puede elegir”, y por ello que no existe excusa que pueda justificar lo realizado. La única acción posible, una vez se comprende ésto, es la de aceptar, e incluso buscar, el necesario castigo que "restablezca el orden de las cosas", ese mismo del que los demás, sin una auténtica concienca moral, tratan de escapar a toda costa, aun perdiendo por el camino la poca dignidad humana que les pudiera restar. Y es por esta toma de conciencia, tan poco frecuente en la vida real - recordemos, por ejemplo, que el personaje de Landau, en el final de Delitos y faltas, la identifica únicamente con la ficción, pero nunca con el mundo real- que por fin los culpables no escaparán de rositas y recibirán en El sueño de Casandra el castigo al que se han hecho firmemente acreedores. Una conclusión moralizante que, de todas formas, es en el fondo tan desoladora como lo fue las de Delitos y faltas y Match Point, porque si, como asegura el director judío, el orden moral depende exclusivamente de la fortaleza de nuestra conciencia, entonces apañados vamos si esperamos ver algún día prevalecer al bien sobre el mal. Y es que basta con mirar como anda el mundo para darse cuenta de que ésta es tan ineficiente a la hora de garantizar el orden moral como lo pueda ser Dios o la ley.

Pues nada, que mucho rollo para reconocer simplemente que sí, que me ha gustado mucho El sueño de Casandra.